Cultivar el alma

rio

El alma no se enferma pero hay que hacerle caso, hay que alimentarla.Si no la alimentamos, parece que nuestra vida se muere de hambre.

Eric Rolf

Dice Eric Rolf en su libro La medicina del Alma que los síntomas de un malestar o enfermedad son el lenguaje con el que la vida se comunica con nosotros, esto podría dar respuesta al porqué muchas de las personas que acuden al médico, el médico convencional, no encuentran más que parches en forma de pastillas a su mal. No es que las pastillas no curen, la medicina a avanazado considerablemente y ciertamente hay medicamentos altamente efectivos que alivian los síntomas de muchas dolencias.
Una persona que sea propensa a padecer infecciones será tratada una y otra vez con medicamentos y las infecciones curarán, pero volverán a aparecer. Las pastillas sí curan el síntoma, pero no tratan a la persona que puede tener la oportunidad de cambiar esa propensión a las infecciones en lugar de resignarse a vivir padeciéndolas continuamente. Tal vez para ello haría falta preguntar por qué existe esa propensión a las infecciones, tal vez sólo se trate de un terreno debilitado que podamos reforzar, en lugar de estar medicándolo todo el tiempo. Con las ansiedades y depresiones ocurre lo mismo, una pastilla en un momento concreto puede tener un efecto de alivio que ayude a la persona a soportar lo que está sintiendo, y en ocasiones es cierto que puede ser conveniente tener ese respiro, pero ni la ansiedad ni la depresión se curarán con el alivio de los síntomas, más bien los síntomas aliviarán cuando la persona sea capaz de afrontar lo que sea que le causa esa depresión o ansiedad y esa capacidad no la dan las pastillas.

El paradigma de la medicina alopática, es mecánico, sitúa al cuerpo en una realidad en la que las emociones, la alimentación, el estilo de vida, no se tienen en cuenta, no lo suficiente, a pesar de que cualquier médico sabe la relación entre esto y la salud de una persona y muchos de ellos sí dan consejos al respecto, pero los tratamientos convencionales son paliativos de los síntomas e ignoran otras áreas de la persona.
Para la medicina convencional, la enfermedad es un efecto que resulta de una causa externa y su objetivo no es tratar a la persona sino a la enfermedad, cuando ésta es sólo el grito que nos duele y nos llama la atención ( así la define Eric Rolf).

Otras medicinas están basadas en un modelo en el que el cuerpo físico es una parte de la persona, tal vez la más visible, pero no la única y la enfermedad es el efecto resultado de una causa interna. Su objetivo es tratar a la persona independientemente del síntoma para que este no tenga motivo de expresarse y de forma natural el ser, completo, recupere el equilibrio perdido.

Hay una gran controversia con la visita al médico, igual que existe la creencia de que hay que seguir a pies juntillas lo que éste dictamine y aconseje, existe la creencia de que uno acude al médico regular y sale peor. Ninguna de las dos son ciertas, básicamente porque el médico no tiene el poder mágico de sanar a nadie, ni el convencional, ni ningún otro.
El médico es la persona que nos hace de espejo, nos ayuda a descifrar qué ocurre y nos guía con sus conocimientos en el camino para recuperar y cuidar nuestra salud de la que por supuesto, los únicos responsables somos nosotros, si bien es cierto que el médico también lo es del trato, atención y consejo que ofrece, pues sin duda cuando alguien acude a su consulta es porque confía en que mejorará la salud gracias a sus conocimientos, experiencia y buen hacer y no al contrario.

No hay pastilla que alimente al alma

El cansancio, la dificultad para respirar, tensión muscular, contracturas, incluso el dolor son síntomas físicos para los que existen pastillas, pero ¿qué ocurre cuando esa tensión muscular viene dada porque sentimos miedo o cuando el cansancio viene dado porque nos sentimos muy tristes?

Cuando los síntomas expresan que algo no anda bien, puede no andar bien en nuestro cuerpo o puede no andar bien en esa parte de nosotros que no se toca, no con los dedos, ni se ve, no con los ojos, pero que existe, siente y se expresa, llamémosle alma, aunque para entendernos, me estoy refiriendo a esa parte que siente alegría cuando encuentra un flor bonita, dicha cuando comparte con un amig@, motivación cuando alcanza un logro, calma cuando el cuerpo respira y la mente calla, pesar cuando la abandonan o tristeza cuando se siente sola.

¿Cuántas personas acuden al médico con un alma triste y salen con una caja de pastillas para su cuerpo?
¿Quién no ha necesitado alguna vez, más de una vez, muchas veces, esta receta?:

Aliméntese bien, haga deporte y sea feliz.

Puedo tener más o menos fe en lo que Eric Rolf llama La medicina del alma pero no dudo en absoluto de que muchas personas acuden al médico cuando sería mejor medicina darse un baño de amistad, de relajante día de campo o bella puesta de sol, porque cuando el alma se descuida se siente desdicha y no hay pastilla que la alimente. Cuando a la flor le falta agua, se marchita, cuando al alma le falta dicha, pesa.

Alimentar el alma a diario es lo que va llenando el vaso de positivos, es lo que va sumando hasta llegar al “y sea feliz”. No se trata de hacer grandes malabarismos, ser especialmente espiritual, asfixiarse a incienso o hacer meditaciones largas ni cortas si es que a uno no le llama, se trata de hacer lo que a uno le gusta, lo que a uno le llena.

Respirar, oxigenar todas y cada una de las células, calmar y tranquilizar la mente con la risa, salir a caminar, mover el cuerpo, hacer deporte, bailar manteniendo saludable al cuerpo físico, escuchar música, escuchar el mar, escuchar lo que los demás tienen para contarnos, ver como cambia el paisaje, caminar descalzo y sentir la tierra, sentir la tierra y sembrar para recoger lo que cultivamos, encontrarse con personas con las que tenemos cosas en común, rodearnos de personas con las que nos gusta compartir, rodear a las personas que queremos con un abrazo, con una llamada, con nuestro apoyo, pintar, escribir, dibujar, hacer cerámica, cantar, tocar un instrumento, arriesgarse, confiar, sonreír, dar las gracias por lo menos muchas veces cada día, pedir ayuda, dejarse abrazar cuando uno se siente triste, abrazarse por puro placer, dejar hablar a las emociones, enamorarse cada día, maravillarse siempre, cuidar nuestro lugar, nuestra casa, nuestro mundo para sentirnos bien, disfrutar de la soledad, disfrutar de la compañía… y un interminable etcétera, aquello que a uno le hace sentir bien, ese es el alimento para su alma.

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6 comentarios en “Cultivar el alma

  1. Caigo por aquí cuando algo me hace pesar en que caigo y me encuentro, siempre, con una respuesta, una rendijita por la que alguien susurra algo que entiendo y me hace entender.

    A veces me pregunto demasiadas cosas a las que pocas personas, o ninguna, podría dar respuesta, cuestiones de un tipo especial…

    Tiempo, y creceremos.

    Un abrazo.

    • A veces uno se pregunta cosas que otros ya se preguntaron antes y las respuestas están en el aire o en la misma vida, incluso aunque no haya respuestas, que también pasa, el alma y la vida se hablan y traen susurros, personas, experiencias que le acompañan a uno y le dan herramientas para el cultivo de su vida y su crecimiento.

      El secreto es compartir, dejarse caer (es un honor que de vez en cuando caigan almas amigas por aquí, gracias), escuchar, preguntar, … porque todos estamos en el mismo camino aunque cada uno tenga su ritmo.

      Bienvenido siempre, un abrazote 😉

  2. Escucharte (porque al leer tus reflexiones, las escucho) es un placer. Completamente de acuerdo contigo, muchos de los problemas cotidianos aparecen porque no nutrimos el alma. Un abrazo para el cuerpo que allimenta el alma.

    • Es curioso que un dolor de barriga pueda aliviarse con un simple abrazo, no existen en pastillas y pocos médicos los recetan pero son muy efectivos.

      Verte por aquí es un regalo, abrazos 😉

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