Un libro que me haga crecer

Alguien me preguntaba el otro día si sabía de algún libro, alguno que le hiciera crecer. No pude evitar sonreír para suspirar después.

Hay tantos libros, tantas letras esparcidas, tantas historias que pueden servirnos de referencia, de ejemplo, de guía, incluso aquellas que no nos gustan pueden mostrarnos justamente lo que no nos gusta.

La avidez de aprender ya es algo que nos puede hacer crecer, las ganas de crecer ya nos hacen crecer. El cómo y el con qué la vida lo va trayendo y nosotros, más o menos, nos vamos dejando o fluyendo.

Cada uno tiene su historia, sus raíces, su sentido, su rumbo y se va encontrando experiencias propias, esas cosas que a uno le pasan en la vida, esas personas que se va encontrando, esas con las que se desencuentra, aquello que decidió estudiar o no, aquello en lo que decidió trabajar, aquello que le sucedió y le tuvo parado en el camino unos instantes, una semana, tal vez meses… aquello que leyó una vez y le inspiró para hacer algo o ir a algún lugar donde conoció a alguien que le dijo algo que le hizo pensar, reflexionar o replantearse, aquella película que le hizo llorar tanto que al terminar pudo saborear la desnuda alegría que había tras la tristeza.

Crecer tiene tantas asignaturas, es tan sencillo y tan poco fácil a la vez que no hay una fórmula, un libro, una doctrina sino muchísimas. En la escuela nos enseñan a saber cosas, pero no nos enseñan a sentir, de modo que un día uno se da cuenta que quiere crecer y no sabe cómo, no se da cuenta que de todas formas ya está creciendo, pero le falta algo y ¿cómo va a crecer uno?, ¿cómo va a saber qué hay que hacer si no sabe ni quién es, ni sabe qué siente o de dónde viene lo que sí siente y qué hacer con ello?

Sabemos escribir, leer, calcular, que llorar es más o menos adecuado, que reír es bueno y enfadarse es malo, que hay que ser…, que se debe o no se debe… Sin embargo suele suceder que uno tiene pensamientos, intuiciones, sensaciones, deseos que no encajan con todo eso que sabemos: lo que nos enseñaron y lo que nosotros mismos aprendimos.

Se suele decir que meditar es bueno porque mantiene la mente en calma, aporta relajación, silencio y paz. Y es cierto, según a quien y según en que momento, porque a veces uno puede necesitar hacer mucho ruido y empeñarse en estar en silencio no hace más que seguir amordazando lo que ha de salir. Osho propuso la meditación activa precisamente para esas personas que llevan una vida rápida y que ni de lejos han tenido contacto con otras filosofías, religiones y estilos de vida como pueden ser el budismo, el Zen, el sufismo, el taoísmo… Amma reparte abrazos por el mundo y esparce palabras que inspiran a muchas personas, Paulo Coelho escribe novelas que resuenan a muchos lectores y hacen que se tomen la vida de manera distinta, muchos autores comparten su experiencia y publican libros de superación, autoayuda o crecimiento personal. ¿Y? Todo funciona. Lo que ocurre es que es la experiencia de otras personas.

Todo, absolutamente todo lo que nos ocurre y se nos presenta en nuestra vida nos hace crecer. Crecer es algo infinito dentro de nuestra vida finita, aunque muchas veces sintamos que estamos parados, aunque muchas veces nos resistamos o nos revelemos, aunque muchas veces nos duela, aunque muchas veces pensemos que no estamos preparados y busquemos fuera una guía que llevamos dentro, aunque nos perdamos.

Aquella canción que a uno le anima, le reconforta o le consuela es la misma que a otro le aburre o le dice menos que nada, sencillamente porque cada uno tiene su camino y aunque todos vayamos hacia el mismo lugar, ese lugar es distinto para todos puesto que al final uno se da cuenta que el libro se escribe solo y lo importante no es qué técnica practicar sino saber qué sentimos y qué hacer con ello.

Al final uno se da cuenta que el trabajo es conocerse, mirar dentro- a veces desde fuera como si se tratara de otro resulta más sencillo (¿qué harías con un niño que tiene miedo, le reprocharías como haces contigo o le tenderías la mano?, ¿qué harías con un amigo que llora, le darías un abrazo y lo acompañarías, le dirías que pierde el tiempo,…?)- y también nos damos cuenta que mucho de lo que aprendimos ya no es válido y que tenemos algunas cosas por deshacer, para dejar sitio ni más ni menos que a lo que realmente somos una mente que piensa, un cuerpo que siente, un corazón que late, una conciencia.

Muchas veces me he preguntado porqué en el cole no me explicaron que cuando pienso que estoy en peligro, el cuerpo reacciona, activa los mecanismos de lucha o huida, la tensión sube, los músculos se tensan y el corazón se acelera. Parece una tontería pero durante mucho tiempo pensé que estaba tarada o algo porque cada vez que subía al autobús tenía que salir corriendo. Es una pena que en casos así muchas veces se prescriban pastillas cuando una sencilla explicación de la relación de los pensamientos con las emociones, de cómo estas se expresan en el cuerpo y para qué nos aclara muchas cosas y nos da la oportunidad de saber que precisamente lo que ocurre es que todo está bien, que tenemos una mente y un cuerpo estupendos que responden y actúan fielmente para aquello a lo que, consciente o inconscientemente, los hemos programado. Podemos llevar las pastillas en el bolsillo toda la vida pero de qué sirve esto cuando podemos ir a la raíz y sanearla para seguir creciendo vigorosamente.

Crecer es observar todo eso, aceptar cada parte, experimentar, comprender, aprender, equivocarse y descubrir que hay tanto por descubrir y que tenemos la vida entera.

Para eso no hacen falta ni gurús ni libros, aunque los disfrutemos por el camino, y haya joyas para disfrutar como El Principito (Antoine de Saint- Exupèry), Momo (Michael Ende), Al otro lado del tiempo (Richard Bach), Las voces del desierto (Marlo Morgan), La princesa que creía en cuentos de hadas  (Marcia Grad), Papillon (Henri Charrière), Caperucita en Manhattan (Carmen Martín Gaite), Stardust (Neil Gaiman), El jardín del profeta (Kalil Gibran) y tantos otros.  Cualquier herramienta, excusa, coincidencia o vivencia que a uno le sirva para querer mirar dentro, comprender la importancia de escuchar lo que sentimos, tratarnos con el respeto que merecemos y abonar aquello que nos llena y nos hace sentir bien es buena herramienta para cultivar nuestro crecimiento, siempre claro que lo leamos, lo cantemos, lo recemos, lo meditemos o lo disfrutemos con cariño, porque para crecer sin duda el único abono indispensable es el Amor.

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6 comentarios en “Un libro que me haga crecer

  1. ¡Hola hola compañera!

    Curiosos los caminos, las coincidencias y las casualidades (aunque ya sabes eso de que bajo el sol nada ocurre por… jej )

    Lluvia cuando necesitas de beber.

    Un abrazo 😉

    • Hola calabaza jugona!

      Con los pies en la tierra y la cabeza en el cielo (que no en las nubes)… esos son nuestros límites.

      Seguro que tú también tienes algún libro de esos que hacen crecer.

      Abrazotes!!

  2. una autentica joya de post : )

    estos son 2 libros que me han hecho crecer:
    LOS MARTES CON MI VIEJO PROFESOR
    EL FIN ES MI PRINCIPIO
    los 2 basados en hechos reales, comparten temática, 2 hombres apunto de acudir a su cita con la muerte dan su visión de la vida antes de morir, lo que es y lo que no es importante,sus pensamientos mas íntimos y profundos.
    saludos!

  3. Así, a lo rápido porque el tiempo me está cojiendo de las partes bajas te(os) diré uno que posiblemente os va a dejar algo descolocados “Tokio ya no nos quiere” del monstruo Ray Loriga.

    Me ayudó a crecer? pues en algunos aspectos si y en otros tambien. Algo sórdido, pero cada uno busca sus caminos para encontrar el sendero, volver a perderse y reencontrarse haciendo autostop. Vamos, que a cada uno le dan los vientos por donde les dan.

    Las prisa no me están ayudando a escribir esta respuesta que primigeniamente iba a ser Frankenstein… en unas horas/dias vengo y completo, o posiblemente me niegue el comentario anterior a mi mismo para volver a encontrar “el camino” ^_^

    es un no parar oiga… feliz día!!

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