La comida del hospital

Cualquier persona por poco que sepa del organismo humano, entiende la importancia de la calidad de los alimentos para su buen funcionamiento.

El cuerpo no puede obtener la misma energía de alimentos desnaturalizados que de alimentos vivos. Lo mismo que un coche no funciona  sin la gasolina adecuada.

Es tan sencillo que uno se sorprende cuando sabiéndose en un hospital en manos de doctores y doctoras especializados, enfermeras y enfermeros preparados para velar por la salud de quien lo requiere, ve una cafetería llena de batas blancas desayunando croissant y café con leche, a excepción de algún descarriado cuyo sentido común le permite reservar parte de su tiempo para prepararse un desayuno en condiciones, de los cuales yo no vi ningún ejemplar.

La pregunta es obligada ¿Cómo pueden ejercer  adecuadamente  una labor  para  la que se requieren una  atención, conciencia y energía importantes alimentándose así?

¿A ninguno de entre todos esos profesionales de la salud se le ocurre informar a quien corresponda de la precariedad de la dieta?

El menú para el visitante es triste y caro. Para el paciente es carente de color, falto en sabor, bastante desapetecible, pobre en minerales, extremadamente refinado e incomprensiblemente básico, que no es lo mismo que sencillo.

Dejo a un margen si deben o no combinarse cereales con frutas, si es más o menos recomendable la proteína animal o la vegetal, si el aspecto y la textura de lo que comemos influye para mejor a para peor, si hay alimentos energéticamente más adecuados o menos según el momento y el estado de nuestro organismo y otros aspectos que para nada son poco importantes en la alimentación, pero fijémonos sólo en un aspecto, el más importante: la calidad de los alimentos.

Ensaladilla congelada, arroz blanco, pan en cada comida, bollos tipo briox, más arroz, lechuga iceberg (una lechuga cuyo origen aún no está claro, rica en popularidad y pobre en nutrientes y sabor)… este menú no aporta ni la energía, ni los nutrientes que un organismo necesita para recuperarse.

La dietista aparece a los 4 días de permanencia en el hospital, la emoción decae de inmediato. El médico ha prescrito dieta vegetariana, resulta que es la única en todo el hospital y no están preparados para proporcionarla adecuadamente puesto que la única forma que tienen de aportar las proteínas necesarias es con carne y pescado y pregunta de qué otra forma  podría hacerse. Bueno, no se sigue una dieta vegetariana en casa aunque sí se come poca carne y más legumbre, frutos secos y otras proteínas vegetales.

El intento está ahí, en la siguiente ensalada hay almendras, aunque diría que las ha sacado de la máquina de snacks porque son tostadas y saladas.

La pregunta es obligada ¿Es posible que  esta profesional de la salud, especializada en nutrición y dietética, no sepa cómo aportar proteínas a una dieta prescrita por el médico? ¿Qué ha estudiado esta persona?

La labor de médic@s y enfermer@s es tan importante y valiosa que claramente ha de ser vocacional, cómo puede uno sino asesorar, guiar, cuidar, curar. Aunque al parecer esto es una idea que me saqué de no sé donde pues la vocación no pasa por ayudar a recuperar la salud de las personas sino por el abrir y cortar. Generar una buena calidad de la sangre, el estado emocional de la persona, la calidad de los alimentos, prevenir, favorecer la propia recuperación del organismo… no parecen ser importantes.

Sin duda, es lógico que siendo así, haya tantos casos de personas que sienten que uno acude al médico regular y sale peor.

Conformarse con que  el sistema está viciado, se rige por un paradigma excesivamente mecánico, que la industria se mueve por intereses económicos y hace de tratamientos antidepresivos, antiinflamatorios, analgésicos, etc. un negocio no sirve.

El sistema no es un ente con vida propia, lo forman personas, médicos con carrera, enfermeras y enfermeros preparados, personal con una labor informativa importante, usuarios con derecho a ser bien informados y asesorados para cuidar de su salud responsablemente.

Cierto que ahora es época de recortes, que la situación para casi todos es peliaguda, pero ¿tiene eso que ver con la vocación de un médico y con un paradigma que hace tiempo se ve que sale sobradamente caro e insano?

La dieta del hospital es más bien la evidencia de un funcionamiento que muchas personas no cuestionan, aún cuando sus efectos son claramente cuestionables. La dieta del hospital sale cara, está en la sabiduría popular: lo barato sale caro.

La reflexión es obligada, si lo que interesa es que haya menos enfermos ocasionando gastos y que las estancias hospitalarias sean menos y más cortas, sería más lógico que se diera un asesoramiento y tratamientos integrales y efectivos en lugar de ir poniendo parches que se descosen dando pie a nuevas recaídas, complicaciones y consecuencias derivadas de una prevención que apenas existe.

La pregunta es obligada, ¿o no es esto lo que interesa?

Desde luego que hacen falta recortes, es muy necesario que se recorte la falta de importancia que se le da alimentación, los protocolos basados en la enfermedad sin tener en cuenta la circunstancia y estado particular de la persona, hay que recortar en médicos que prescriben antidepresivos para dejar de fumar aunque no estén de acuerdo porque es el tratamiento que se está dando ahora, hay que recortar ansiedades y estreses tratándolos como es debido y no cronificándolos a base de medicamentos, hay que recortar el abuso de usuarios que van al médico a pasar el rato, la idea de que todos vamos a lo mismo, el personal que olvida que ejerce una labor que requiere vocación, es preciso recortar un sistema que está al servicio de la enfermedad para que pueda darse un sistema sano formado por personas con sentido común.

 

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